Para muchos niños, hoy ya adultos, este personaje ha sido su primer contacto con la animación japonesa, y desde entonces nada volvió a ser igual. Mazinger Z traspasaba la pantalla de la televisión para instalarse en los cuadernos, se imitaba en los juegos y se gritaba en los patios de recreo. Lo que nadie imaginaba es que, años después, acabaría convertido en una estatua de diez metros en medio de una urbanización de Tarragona.